El martes 19 de agosto el Departamento del Tesoro de Estados Unidos confirmó que la deuda total del gobierno americano superó los $40 billones de dólares por primera vez en la historia. El número exacto fue $40,047,425,768,420. Cuarenta trillones en inglés, cuarenta billones en español, un uno seguido de trece ceros. Una cantidad que no tiene precedente en la historia de ningún gobierno en ningún país del mundo.
Para dimensionarlo: hace exactamente diez años la deuda era de $19.4 billones. Se duplicó en una década. El primer billón tardó 192 años en acumularse desde la fundación de la república. El último billón, de $39 a $40 billones, tardó cinco meses. El ritmo de acumulación no está disminuyendo. Está acelerando.
Lo que está detrás de ese número
El gobierno americano gasta más de lo que recauda en impuestos de forma consistente y estructural. En los primeros diez meses del año fiscal 2026, el déficit acumulado ya llegó a $1.8 billones, más de lo que se gastó en todo el año fiscal 2025. Solo en julio el gobierno se endeudó $432 mil millones en un solo mes, el mayor déficit mensual desde marzo de 2021. Eso es $14 mil millones de deuda nueva por día, todos los días, incluyendo fines de semana.
Los tres motores que generan ese déficit son los mismos que llevan años sin resolverse y que ningún gobierno de ningún partido ha logrado detener. El primero es el gasto en Seguro Social y Medicare, los programas de pensiones y salud para adultos mayores, que crecen automáticamente a medida que la población americana envejece y que juntos representan casi la mitad del presupuesto federal. El segundo es el pago de intereses sobre la deuda existente, que este año llegará a $1 billón por primera vez en la historia, superando al gasto en defensa nacional y al gasto en Medicare por separado. Es decir, el gobierno americano ya gasta más en pagar los intereses de sus deudas anteriores que en mantener su ejército. El tercer factor es la caída de ingresos: la Corte Suprema invalidó varios de los aranceles de Trump en meses recientes, lo que forzó al Tesoro a devolver más de $100 mil millones ya cobrados y redujo significativamente los ingresos proyectados para este año.
La proyección de la Oficina de Presupuesto del Congreso es que la deuda llegará a $63 billones en 2036, con déficits anuales que pasan de $2.1 billones actuales a $3.1 billones en los próximos diez años. Eso asume que no habrá ninguna recesión, ninguna crisis financiera ni ningún gasto de emergencia adicional en ese período. En el escenario más optimista posible.
Lo que esto significa para los mercados y para los inversores
Para entender el impacto en los mercados hay que entender cómo funciona el mecanismo. Cuando el gobierno necesita dinero le emite bonos al mercado, es decir le pide prestado a los inversores del mundo entero. Mientras más bonos emite, más competencia hay por el mismo capital disponible y más alto tiene que ser el rendimiento que ofrece para atraer compradores.
Esta semana el bono del Tesoro a 30 años tocó el 5.32%, máximo en 19 años, exactamente como lo explicamos en el artículo de ayer. El bono a 10 años está en 4.73%. Esos rendimientos no subieron porque la inflación subió esta semana. Subieron porque los inversores del mundo, especialmente los grandes tenedores internacionales como China, Japón y los fondos soberanos del Medio Oriente, están mirando la trayectoria de $40 billones hacia $63 billones y están exigiendo más compensación para seguir siendo los acreedores del gobierno americano durante 10 o 30 años. Cuando un acreedor empieza a cobrar más por el mismo préstamo, es señal de que su confianza en el deudor está disminuyendo.
Eso tiene consecuencias concretas e inmediatas para el ciudadano americano. La tasa promedio de una hipoteca a 30 años en Estados Unidos llegó al 6.7% la semana pasada, el nivel más alto desde 2001. Un préstamo para comprar un auto cuesta más. El crédito de las tarjetas cobra más. Las empresas pagan más para financiar su expansión. Cada vez que el gobierno tiene que ofrecer rendimientos más altos para colocar sus bonos, todo el costo del crédito en la economía sube con él porque los bonos del Tesoro son el piso sobre el que se construye toda la estructura de tasas del sistema financiero.
Escenarios hipotéticos para el resto de 2026
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El escenario más probable, que es también el menos dramático, es que la deuda siga creciendo a ritmo constante, los rendimientos de los bonos se mantengan elevados y el mercado de acciones coexista con esa presión tal como lo hizo en la primera mitad del año. Los fundamentos corporativos demostrados esta temporada de earnings son suficientemente sólidos para sostener el S&P 500 en un entorno de rendimientos altos siempre que el crecimiento de las ganancias justifique los múltiplos de valuación actuales. Es incómodo pero manejable.
El segundo escenario, moderadamente más negativo, es que el límite de deuda federal llegue a su techo de $41.1 billones antes de lo proyectado, lo que se puede dar a principios de 2027 al ritmo actual de acumulación. Cuando eso ocurra, el Congreso tendrá que votar para subir ese límite o el gobierno técnicamente no podrá pagar sus obligaciones. Ese debate, que ya ocurrió en 2011 y en 2023, genera volatilidad extrema en los mercados de bonos y en los índices de acciones independientemente de si hay un acuerdo al final porque el proceso político de negociación crea incertidumbre durante semanas o meses.
El tercer escenario, el más extremo pero no imposible, es que la demanda internacional de bonos del Tesoro americano empiece a deteriorarse de forma visible. Si los grandes tenedores extranjeros, especialmente China que tiene más de un billón en bonos americanos, deciden reducir su exposición de forma acelerada, el gobierno necesitaría ofrecer rendimientos todavía más altos para reemplazar esa demanda. Eso podría llevar el bono a 10 años hacia el 6% y el bono a 30 años hacia el 6.5%, niveles donde la presión sobre el mercado de acciones sería muy difícil de ignorar. La probabilidad de ese escenario en el corto plazo es baja pero la cumbre reciente entre Trump y Xi Jinping, donde China acordó mantener sus tenencias de bonos americanos como parte de los acuerdos comerciales, es lo que lo mantiene fuera del escenario central.
Lo que el inversor y el trader deben vigilar
En el corto plazo esta semana el evento más relevante es la subasta de bonos del Tesoro que el gobierno anunció para la próxima semana con el objetivo de recaudar $600 mil millones adicionales para financiar las operaciones gubernamentales. La razón de ese tamaño inusual es directamente el $40 billones que acabamos de cruzar. Si esa subasta tiene demanda débil, es decir si los compradores solo aparecen si se ofrecen rendimientos más altos de lo esperado, el mercado de bonos puede tener otro movimiento al alza en rendimientos esta semana y el mercado de acciones lo sentirá en los sectores más sensibles a las tasas.
Para el mes de agosto completo la señal más importante que hay que seguir es si el rendimiento del bono a 10 años supera el 4.80% de forma sostenida. Históricamente ese nivel ha sido el umbral donde el mercado de acciones empieza a recalibrar sus múltiplos de valuación de forma visible. Por debajo de ese nivel el S&P 500 puede mantener sus ganancias del año. Por encima, la presión vendedora en los sectores más sensibles a las tasas puede extenderse hacia el mercado en general.
En el mediano plazo, es decir los próximos dos a cuatro meses, el dato que más puede cambiar la trayectoria de los rendimientos es la reunión de la Fed del 16 y 17 de septiembre. Si Warsh señala que la inflación está cediendo suficientemente para que el banco central no tenga que subir tasas, los rendimientos pueden retroceder y darle alivio al mercado. Si por el contrario la Fed sube tasas por primera vez desde 2023, como votaron tres miembros del comité en julio, el impacto en los bonos y en las acciones puede ser el evento más disruptivo del segundo semestre.
En el largo plazo el número de $40 billones no es el final del camino. Es un punto en una trayectoria que lleva a $63 billones en 2036 según las proyecciones más optimistas. Lo que eso implica para el inversor de largo plazo es que el entorno de tasas bajas que sostuvo los múltiplos de valuación del mercado de acciones durante la década de 2010 no va a regresar en el horizonte visible. Las acciones de empresas que crecen sus ingresos de forma orgánica y generan flujo de caja real son las que mejor pueden sobrevivir en ese entorno. Las acciones que se valuaban principalmente por múltiplos de crecimiento sin ganancias concretas son las que más riesgo tienen de corrección sostenida.
Lo que tiene de positivo, si es que algo tiene
Es una pregunta honesta que merece una respuesta honesta. El hecho de que Estados Unidos pueda acumular $40 billones en deuda sin entrar en crisis inmediata refleja algo real y poderoso: el dólar sigue siendo la moneda de reserva del mundo y los bonos del Tesoro americano siguen siendo el activo de referencia global para miles de fondos de pensiones, bancos centrales y fondos soberanos que no tienen una alternativa disponible a escala comparable. China ha intentado durante años crear alternativas al dólar sin éxito masivo. El euro y el yen tienen sus propios problemas fiscales. El dólar y los bonos americanos siguen siendo el refugio al que el mundo acude en momentos de crisis, lo que le da al gobierno americano un margen de maniobra que ningún otro gobierno del planeta tiene.
Ese privilegio no es ilimitado ni permanente. Pero mientras exista, es lo que evita que el número de $40 billones se convierta en una crisis inmediata en lugar de una presión acumulada que el mercado procesa gradualmente.
La deuda de $40 billones no es el detonante de una crisis. Es la condición de fondo sobre la que opera todo lo demás. Cuando el VIX sube, cuando los rendimientos de los bonos suben, cuando el mercado de acciones se pone nervioso con cualquier dato de inflación, la deuda de $40 billones es el contexto que amplifica cada uno de esos movimientos. No causa la volatilidad, pero la hace más intensa y más difícil de revertir rápidamente.
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